sábado, 8 de noviembre de 2014

El estrés en los profesionales de la educación


ESTRÉS EN LOS PROFESIONALES DE LA EDUCACIÓN
Jornadas sobre calidad educativa organizadas por CSI-CSIF
Málaga,  6 de Noviembre de 2014
Helena Trujillo, Psicoanalista de Grupo Cero

Calidad, educación, futuro. Una psicoanalista convocada para hablar de aquello tan distante nuestros tiempos y, sin embargo, no puede ser otro el objetivo del progreso. Hablar de estrés en los profesionales de la educación a profesionales de la educación es venir a molestarles o, al menos, aceptar que habrá algunos que no podrán o no querrán dar cuenta de mis palabras, sordera psíquica frente a aquello que habla de lo que nos determina, el deseo inconsciente.
Si dependiera de nosotros, ahora, lo cambiaríamos todo, el propio sistema, pero podemos estar seguros de que fracasaríamos. Nunca se producen las cosas uno espera. Los errores se repiten, son productos de la ideología dominante, sometimiento donde se niega el propio cambio de ideología en su afán de perpetuación. En lugar de premiar el trabajo se premia el sometimiento. Errores entonces, que no cometen en exclusiva las administraciones, que no comenten en exclusiva las universidades, ni los centros educativos, ni los profesores. Responden a los síntomas de la sociedad moderna, la negación del verdadero avance en la salud y la educación del último siglo, la Teoría Psicoanalítica, que ya demostró que la conciencia, los sentidos nos engañan, nos determina el deseo inconsciente, deseo del que sólo podremos dar cuenta a través de la interpretación. Aquello que habla de nosotros no está en nosotros, es una construcción. Aquél sujeto que pretendemos ser o al que pretendemos educar, no está hecho, no es, es una producción social, movimiento económico y libidinal.
Llegamos ya a la salud, porque estamos hablamos de educación, pero hay que remitirse a la salud. El estrés, la presión, la impotencia que padecen muchos profesores hoy en día, convierten el trabajo en tortura, producto perfecto de la perversión de la sociedad capitalista. Dice el poeta “En una sociedad justa el trabajo es un don, pero no vivimos en sociedades justas.” Así es, no vivimos en sociedades justas donde se tenga en cuenta al trabajador y donde se tenga en cuenta al alumno, pensar la salud en la actualidad se ha convertido en un negocio y un derecho cada vez más difícil para la mayoría. Salud que además sale cara al que carece de ella, pues las últimas modificaciones penaliza al enfermo por ausentarse del trabajo, confundiendo como en aquellos tiempos de la histeria, enfermedad con simulación o cara dura.
El estrés no es el nombre de una enfermedad, sino de un conjunto de síntomas. Las causas a las que se adjudican estas dolencias se suelen atribuir a las preocupaciones y problemas, generalmente, del trabajo y una de sus consecuencias más notorias es imposibilitar al sujeto para el desarrollo de la actividad laboral. Preocupación mayúscula, pues un profesor enfermo no sólo es un profesional que sale caro a su “jefe”, sino que es un trabajador que no cumple con su trabajo, una pieza del sistema que obstaculiza el funcionamiento del mismo, una falla, un desvío que es preciso atender. Nadie escucha. El sistema falla, no cuida su engranaje, las piezas que lo integran son personas que se producen en su relación con el mundo, en este caso una relación fallida.
Hablar es demandar, pero a otro, al psicoanalista de la cuestión. En este caso hay cuestión, cuestiones que hacerse sobre lo que lleva a enfermar a alguien al que se le espera sano y algo diestro en el arte de transmitir, lo que no hay es psicoanalista, lugar para pensar y transformar la “enfermedad” de la educación. El docente es su síntoma, demanda una escucha, una transformación. En él hay frustración, antes de la propia realidad frustrada. Para enfermar también es necesaria una capacidad. Lo más fácil es responsabilizar al que no está en la sala, legislador, administración, alumnos, padres, etc. nosotros no tomaremos ese camino, sino aquél otro donde sólo sabremos después y donde es un saber no sabido el que habla para aquél que sabe leer en nuestros actos, nuestros errores.
Aceptar que se aprende más con aquello que falla que con el acierto nos llevará a amainar las armas, no hemos venido a pelear, sino a conversar, a aceptar que la educación se basa en el juego de conversaciones, donde son muchos los que participan. Algo que podría pensarse como tan exclusivo del aula, responde a una compleja articulación donde se transmite ideología a través de la familia, los libros, las reformas educativas, los buenos días del director, los menús escolares y los himnos de fiesta. Familia, la educativa, en la que los miembros no sólo muestran su impotencia para cambiar el rumbo de la educación de nuestros jóvenes, sino que también pretenden que sea otro el que lo haga.
Ante este desconcierto donde cada uno toca su instrumento como puede o como le dejan, nos acordamos de aquél que padece en sus carnes la falta de acierto. Padecer porque cada vez son más los profesores aquejados de apatía falta de motivación, somnolencia, irritabilidad, melancolía, impotencia sexual, frigidez, trastornos gastrointestinales, pánico, enfermedades psicosomáticas…  Teniendo en cuenta que en sus manos están los jóvenes que algún día gobernarán y trabajarán para sostener nuestra vejez es esperar cualquier venganza, aquella del que se siente estafado por no haber recibido lo prometido.
Al profesor le prometieron los medios para poder desarrollar la tarea educativa, en un entorno apropiado, con los medios suficientes y la familia y sociedad a su favor; al alumno, una escuela dispuesta a recibirlos y transmitirles las bondades de la cultura y la civilización. Uno se encuentra con los brazos atados por ciertas dictaduras político-económicas, la falta de ilusiones y la escasez de vocación; el otro, con profesores hastiados de su trabajo, utilización política de las estructuras escolares, compañeros que no desean serlo y un futuro incierto donde trabajar parece una utopía.
En una sociedad así no es extraño que el estrés afecte, no sólo a los profesores, sino a los alumnos, a los padres de los alumnos, por el futuro que les espera a sus hijos, a los legisladores compelidos a cambios constantes para alterar la verdad, a los políticos, por los difíciles ajustes presupuestarios, etc. Pero, ¿nos hemos parado a pensar que en cualquier empleo, en cualquier profesión hay una renuncia al egoísmo, hay un acuerdo con lo social, hay un intercambio económico que hace posible que nuestras sociedades avancen?
Seguimos atados a nuestra sobredeterminación familiar, aún no ha nacido lo grupal en nosotros, no nos sentimos integrantes de esas otras estructuras en las cuales podemos llegar a desempeñar una función, donde podemos amar sin la necesidad de entregar el cuerpo en el encuentro. Aún nos relacionamos en vínculos de sometimiento, uno es el amo y otro el esclavo, uno tiene el poder y el otro lo padece, aún no hemos dejado que el deseo inconsciente nos guíe hacia la muerte por el camino del lenguaje.
El otro, como semejante, forma parte de cada uno ya sea como modelo, como auxiliar o como adversario. Como grupo repetimos el primer grupo al que pertenecimos, el grupo familiar y como masa repetimos la forma más primitiva de sociedad, la horda primitiva. Freud en su texto “El malestar en la cultura” nos ilustraba, es por miedo a perder el amor que renunciamos a parte de nuestros deseos personales, es el amor el medio de acceso a la cultura, pero un amor que también los docentes tienen que utilizar como medio para transmitir a los alumnos. Lo grupal ha de pensarse en la cuestión educativa, porque hay grupos que ese relacionan entre sí, pensar que esa energía que no sólo supera a la del sujeto, sino que es diferente ya que produce efectos que no alcanzaría un individuo aislado.
Grupalidad donde lo que se necesitan son trabajadores dispuestos a dejarse atravesar por la experiencia, a ponerse en el centro de la cuestión y transformarse con ella. Sin embargo, quién quiere transformarse en estos tiempos donde la conciencia quiere seguir reinando y donde la razón sigue dominando a los que tienen que inculcar la creatividad y el entusiasmo. No alcanza con decir que son cuestiones de dinero, que las personas en estos tiempos somos menos valiosas para el sistema que hace veinte años, son cuestiones donde la propia ciencia es nuevamente detenida por la anquilosada moral, que sigue considerando a la cultura como un lujo al alcance de unos pocos y que mantiene al varón por encima de la mujer.
Se apartaron los poetas de la enseñanza.  Hoy no se piensa en el futuro porque el sistema mismo se mantiene en una estructura psicosomática, donde no hay palabras, sólo se padece el cuerpo. En la búsqueda de la satisfacción inmediata cayeron los alumnos, pero porque antes habían caído los padres y profesores, víctimas de una educación basada en la represión de la propia sexualidad, entendida ésta como todo aquello tocado por la palabra. Hoy es más fácil acostarse con una persona desconocida que mantener una conversación.
Y si nuestros políticos dan muestra que han llegado a gobernar personas que nunca se transformaron con la lectura de ningún libro, muchos de nuestros docentes tampoco practica el hábito de la escucha, la conversación, la lectura y la escritura. Tan alejados del fundamento de sus funciones, se acaban convirtiendo en obreros ocupados en pensar en la satisfacción de sus deseos fuera de la fábrica. No está mal soñar y que enseñemos a nuestros jóvenes a soñar, lo que está mal es impedirles tener sueños y no enseñarles que la única manera de alcanzarlos es el camino del trabajo y el estudio. Donde sin cultura no es posible avanzar, donde el presente parece un regalo que otro nos hace  y no el tiempo donde sembrar un futuro para otros.
No se trata de un ser, sino de una posición en el discurso, una posición inconsciente frente al trabajo de enseñar-aprender. No se puede enseñar, pero se pueden tener los puentes para que el otro aprenda, si este es su deseo. Se han descuidado esos puentes, se ha tecnificado el deseo sin tener en cuenta a los sujetos implicados en esa operación. Decía Mallarmé que los Estados para su sobrevivencia no tienen pensada ninguna grandeza para ningún ciudadano. Todo Estado niega sistemáticamente sus transformaciones.
El profesor tendrá que aprender a generar en ese vacío el aprendizaje. Aprender a apartar la razón para que surja la creación, el saber. Aprender a arreglárselas con la angustia de producir aquello que tiene más que ver con lo desconocido, la creación poética, la producción de un saber, que con la producción de conocimiento.
Sin salud psíquica de los docentes, sin transformación del reclamo familiar, todo es insuficiente. El psicoanálisis puede abrir nuevos caminos. La educación demanda una transformación. No habrá futuro sin grupalidad, sin escritura. No habrá salud en el siglo XXI sin Psicoanálisis.

Si superamos la envidia de que lo mejor de nosotros está fuera de nosotros, en la relación con los otros significantes, ahí comenzará la transformación, la salud.




conferencia sobre el estrés en los profesores impartida por la psicoanalista de grupo cero helena trujillo en las II jornadas de calidad educativa organizadas por el sindicato CSI-CSIF en Málaga, noviembre 2014